La columna de la arquitecta Leonor Bravo
Durante estos días hemos escuchado muchas veces que Iquique colapsó producto de una lluvia extraordinaria.
Y sí: lo fue.
Las precipitaciones que hemos vivido son excepcionales para una ciudad desértica y han provocado situaciones graves que todavía se están desarrollando. Hay viviendas afectadas, calles anegadas, cortes de conectividad, activación de quebradas y sectores que han requerido evacuación.
Pero sería demasiado fácil responsabilizar solamente a la lluvia.
Porque la lluvia cayó durante unos días. El deterioro de nuestra ciudad lleva años.
Esta semana recorrí el Terminal Rodoviario de Iquique. Uno de los principales puntos de entrada y salida de nuestra ciudad estaba completamente anegado. Grandes pozas cubrían el pavimento y dificultaban el funcionamiento normal de un espacio que diariamente recibe a cientos de personas.
La imagen es fuerte.
Pero no solamente por el agua.
Lo realmente preocupante es todo lo que el agua dejó al descubierto.
Pavimentos deteriorados, infraestructura envejecida, falta de mantención y un terminal que desde hace mucho tiempo necesita una intervención seria.
La lluvia no produjo décadas de deterioro en unos cuantos días.
La lluvia simplemente hizo imposible seguir ignorándolo.
Y creo que esa diferencia es importante.
Porque si explicamos todo lo ocurrido diciendo que enfrentamos un fenómeno excepcional, corremos el riesgo de sacar una conclusión equivocada: que el problema fue la lluvia y que, cuando deje de llover, el problema habrá terminado.
No es así.
Lo ocurrido debería obligarnos a revisar cómo estamos administrando nuestra ciudad.
Durante estos días hemos visto al municipio desplegar recursos, al Gobierno Regional entregar ayuda, a la Delegación Presidencial participar de la emergencia, a SENAPRED coordinar acciones y a distintas autoridades recorrer los sectores afectados.
Todo eso es necesario.
Pero una emergencia también pone a prueba algo menos visible: la capacidad de las instituciones para anticiparse, coordinarse y trabajar como un solo sistema.
Chile tiene una institucionalidad precisamente para eso.
La Ley 21.364 establece Comités para la Gestión del Riesgo de Desastres a nivel comunal, regional y nacional. En la comuna, el COGRID es presidido por el alcalde; a nivel regional, por el delegado presidencial. Y cuando una emergencia supera las capacidades locales, el sistema debe escalar y movilizar recursos desde niveles superiores.
Por eso la pregunta ciudadana no debería limitarse a quién apareció primero, quién publicó más fotografías o quién entregó determinada ayuda.
La pregunta importante es otra:
¿Funcionamos realmente como ciudad y como región frente a una emergencia que sabíamos que podía ocurrir?
Porque además hubo advertencias meteorológicas y una emergencia preventiva decretada antes de los episodios más graves.
Entonces tendremos que evaluar qué se hizo antes, durante y después.
No para buscar culpables.
Para aprender.
Porque este episodio seguramente quedará registrado como un acontecimiento excepcional en la historia reciente de Iquique. Y precisamente por eso sería irresponsable simplemente limpiar las calles, reparar algunos daños y volver a hacer exactamente lo mismo.
Tenemos que identificar dónde se acumuló el agua, qué infraestructura falló, qué edificios públicos presentaron filtraciones, qué barrios quedaron aislados, qué sistemas de evacuación funcionaron, cuáles no, dónde faltó mantención y qué decisiones pudieron haberse tomado antes.
Y después convertir toda esa información en planificación.
El Terminal Rodoviario es apenas un ejemplo.
Un espacio estratégico para una ciudad debería estar preparado no solamente para funcionar cuando todo está bien, sino también para responder cuando algo extraordinario ocurre.
Eso es resiliencia urbana.
Y quizás esa sea la mayor enseñanza que nos está dejando esta lluvia.
Durante años hemos normalizado calles deterioradas, veredas rotas, infraestructura envejecida, espacios públicos abandonados y mantenciones que llegan solamente cuando el problema ya es evidente.
Una ciudad no se administra únicamente reaccionando a las emergencias.
Se administra anticipándolas.
La lluvia eventualmente terminará.
Las calles se secarán.
Las fotografías desaparecerán de las noticias.
Pero sería imperdonable que también desapareciera la conversación que este episodio abrió.
Porque la verdadera pregunta no es si volverá a llover así en Iquique.
La verdadera pregunta es:
Cuándo vuelva a ocurrir algo extraordinario, ¿encontrará nuevamente la misma ciudad? Una emergencia no solo mide cuánto llueve. También mide qué tan preparada estaba una ciudad antes de que cayera la primera gota.
Fuente: Ojo con el Norte
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